Amor y proyectos
Julio 2025
Tengo la horrible manía de pensar. Aunque hablando desde la más profunda y sincera honestidad, tengo la tediosa manía de sobre-pensar (sobre-sobre-sobre-pensar en realidad). Esta es una práctica a la que dedico más horas de las que me gustaría admitir. En ocasiones pierdo la noción del tiempo y me sumerjo en una red de ideas y reflexiones de la que no puedo escapar. El mayor problema de este hábito es que genera un desgaste mental que solo puede repararse con ocho horas de sueño y como soy arquitecta, no suelo disponer de tantísimo tiempo para dormir. Así que, como soy una millenial adicta al trabajo y soy completamente incapaz de no hacer nada y dedicar las horas de mi día a la vida contemplativa, escribo y lo comparto contigo.
Últimamente he meditado sobre “los proyectos perfectos”, esos que se balacean de forma impecable entre la rigurosa funcionalidad y la espléndida estética. Durante todas estas sesiones de reflexión no he podido evitar la tentación de analizar la similitud que existe entre los proyectos de arquitectura y el amor. Me explico. Por norma general, las personas buscan “el amor perfecto” o, en su defecto, “la relación idílica”. Por nuestra parte, los arquitectos, además de buscar una historia de amor de película, vivimos inmersos en la incansable búsqueda del codiciado “proyecto perfecto”.
En la búsqueda del “amor perfecto” las personas acaban ahogadas en mares de relaciones tóxicas porque no fueron capaces de quitarse la venda los ojos y ver todas esas evidentes red flags que más que banderas rojas eran enormes carteles con luces de neón y alarmas rotundas. Básicamente, las personas se ven atrapadas en relaciones vacías, venenosas o tormentosas porque quisieron idealizar el amor en vez de asumir que el amor no es perfecto ni impecable, el amor es solo amor.
En el caso de los arquitectos, nos vemos obligados a jugarnos la vida sumidos en una terrible vorágine intelectual y emocional para lograr diseñar “el proyecto perfecto” olvidando que los proyectos no son perfectos, los proyectos son solo proyectos. Este tortuoso proceso funciona de la siguiente manera: Reunión con el cliente, propuesta de honorarios más bajos que un rodapié, un café, pensar, dibujar, borrar, desechar, otro café, diseñar, meditar, bosquejar, otra reunión con el cliente, trabajar, contener las ganas de llorar, otro café, trazar, medir, dimensionar, llamada del cliente, plantearse una nueva profesión, gritar, llorar sin parar, rendirse y dormir. Este ciclo se repite hasta que, por fin, tras meses de trabajo y varias visitas al psicólogo, el cliente está contento con la propuesta y tú te sientes tremendamente orgulloso porque has conseguido diseñar “el proyecto perfecto”. La obra empieza y termina según lo previsto, entregas la documentación pertinente al cliente y tu trabajo ha terminado. Ahora toca vivir un poco.
Lo curioso de este proceso creativo es que pasan los años y en un flagrante acto suicida echas la vista atrás y decides analizar los proyectos del pasado. En ese momento y, tras haber puesto tierra de por medio, te das cuenta de que aquellos proyectos que pensabas que eran perfectos, en realidad, no lo eran y que esos proyectos de los que no estabas tan orgulloso eran realmente buenos.
Como se suele decir “la experiencia es un grado” y una vez has ganado cierta madurez profesional te percatas de que algunos espacios habrían sido más interesantes si los hubieses diseñado de una forma distinta o puede que no, quizás la forma que tienen es la correcta. Quizás el color de los azulejos que escogiste para el baño era demasiado oscuro o quizás demasiado claro o puede que fuera el indicado. Puede que la ventana de la cocina habría sido más funcional si fuera abatible en vez de corredera, o no, es posible que la elección que hiciste fuera la correcta. Puede que “el proyecto perfecto” no fuera tan perfecto y es probable que tu proyecto de segunda, ese que nunca enseñas en las charlas de arquitectos, no fuera tan terrible.
De igual modo, si te aventuras a analizar tus relaciones pretéritas encontrarás palabras equivocadas, acciones deliberadas y dramas que, en realidad, no eran tan grandes. Piensas en aquella pelea en la que saliste victorioso y caes en la cuenta de que, tras una pelea, no hay vencedor y vencido sino dos personas enfadadas. Recuerdas la noche que estuviste llorando por aquel hecho que percibiste como una enorme montaña y que ahora no es más que un diminuto castillo de arena. Ves como un simple mortal a aquella persona a la que idealizaste durante meses y que terminó rompiéndote el corazón de la forma más cruel que se le ocurrió.
Así que, poco a poco, vas indagando en tus recuerdos y caes en la cuenta de que las relaciones idílicas que vivió tu “yo” del pasado no eran tan perfectas como pensabas y que las relaciones que evitas recordar no fueron tan horribles. Reflexionas y entiendes que los sentimientos derivados de una situación concreta dependen más de la forma en la que percibes dicha situación que de la situación en sí.
De modo que, tras este proceso de tortura cerebral y escrutinio mental entendí que es que es fácil encontrar errores (y aciertos) si miras al pasado con las gafas del presente y el filtro de la experiencia. Comprendí que los grandes proyectos de referencia mundial tienen fallos y, del mismo modo, los grandes amores esconden goteras. Con esto no quiero decir que no sean buenos, simplemente admito que ni unos ni otros son perfectos, porque, si algo es real no puede ser perfecto.
Recomendación final: Sustituir la búsqueda de la inexistente perfección por la aceptación de la real imperfección deriva en el camino de la reconfortante paz mental.
- Texto: Ana Romero Cortés
- Ilustraciones: Alejandro Zújar Chaves
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