Castillos de arena

Noviembre 2024

Antonio Machado escribió “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero”. En mi caso podría decir que mi infancia son recuerdos de una playa de Huelva, y una orilla clara donde maduran mis castillos de arena.

Me gusta pensar que los arquitectos que hay dentro de nosotros nacen y no nos damos cuenta. Recuerdo pasar las tardes de mi infancia construyendo castillos de arena bajo el sol y con el mar de testigo. Con la inocencia propia de una niña creaba con mis manos todos los castillos que podía imaginar. En algunos de ellos, el objetivo era luchar contra la gravedad. Construir el castillo más alto posible era, sin ningún tipo de duda, mi mayor reto en aquel momento ¿sería quizás esta misma motivación la que llevó a Mies van der Rohe a construir el Seagram Building en Nueva York? Puede que él también sintiera la necesidad de conquistar el cielo como yo cuando tenía cinco años. En otras ocasiones los castillos se extendían sobre el plano horizontal, mis creaciones volaban a ras de suelo y surgían balcones, túneles, huecos y patios como si de un map building se tratase. Mis inquietudes fueron creciendo y comencé a jugar con texturas, arena seca, arena mojada, conchas que coronaban y decoraban mis diseños. El agua pasó a ser un ingrediente más de mis recetas y así surgieron puentes, pozos y fosos que protegían mis castillos.

El atardecer amenazaba al día y llegaba el momento de marcharme. Abandonar mis proyectos a su suerte nunca me resultó fácil, sabía que durante la noche la marea me arrebataría mis creaciones. Fue entonces cuando comprendí que cada nuevo día era una nueva oportunidad. Es cierto que el mar no dejaba rastro de mis castillos y eso, de alguna manera, me entristecía. Sin embargo, con la llegada del amanecer y los primeros rayos de sol se podía vislumbrar como un nuevo y enorme lienzo en blanco se extendía bajo mis pies. Un nuevo día de playa que me permitía reencontrarme con mis castillos, aunque tuvieran distintas formas. Me armaba de cubo, pala y rastrillo y a crear un nuevo mundo.

Aprendía de mis errores. Aquellos castillos que se habían derrumbado necesitaban una base más consistente y sin saberlo aprendí que el diseño y la ejecución de la cimentación de los edificios era fundamental para que estos se alzaran sobre el plano horizontal. Aquellos castillos que se desplomaban porque los pozos que construía a su alrededor hacían mella en ellos necesitaban una protección frente al agua y así aprendí la importancia de contar con una buena impermeabilización en nuestros edificios. Aquellos castillos que no soportaban más altura y se desmoronaban ante mis ojos necesitaban un esqueleto que los contuviera y de este modo entendí que la estructura era vital para que mis proyectos mantuvieran su forma con el paso de los años. Aquellos castillos que decoré con conchas que se cayeron me enseñaron que el ornamento no es un añadido que adosamos a la fachada sino un concepto que debe ir de la mano del diseño. Y a base de ensayo y error aprendí algunos de los conceptos básicos de la arquitectura. Sin embargo, en ese momento yo solo jugaba. Diseñaba edificios y ciudades, aunque para mí solo eran volúmenes que se conectaban y crecían pero que nunca podía conservar. Imaginaba sin límites y construía sin los prejuicios que adquieres con el paso del tiempo. No tenía referencias ni conocía a los grandes arquitectos de la historia, estábamos solo mis castillos y yo frente al mar.

Me gusta pensar que una arquitecta se estaba gestando en mi interior. Con el olor de mi tierra y el salitre como testigos. Con los atardeceres destruyendo mis creaciones y los amaneceres brindándome nuevas oportunidades de aprender y volver a jugar a ser arquitecta.

Sería fascinante volver a aquellos veranos eternos, volver a sentarme en la orilla y jugar con la arena, volver a diseñar siendo libre, sin ataduras ni miedos ni tabúes ni convencionalismos, dejando atrás todas esos límites que surgen con el paso de los años. Sería fantástico enseñarle a aquella niña los proyectos que hago ahora ¿qué opinaría? ¿qué consejo me daría?. Quizás no diría nada, simplemente me prestaría su cubo, su pala y su rastrillo para que así pudiera recordar todo lo que me enseñaron los castillos de arena.

  • Texto: Ana Romero Cortés
  • Ilustraciones: Alejandro Zújar Chaves

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