El Super-Arquitecto ha muerto

Mayo 2025

En la escuela de arquitectura te presentan a los grandes arquitectos de la historia: Frank Lloyd Wright, Le Corbusier, Mies van der Rohe, Frank Gehry, Tadao Ando, Lina Bo Bardi, Ricardo Bofill, David Chipperfield, Gaudí, Zaha Hadid, Toyo Ito, etcétera, etcétera, etcétera. Una interminable lista de nombres que se extiende hasta los confines del mundo. Los jóvenes arquitectos estudian la magnífica trayectoria de todos estos brillantes arquitectos, se sumergen en sus grandes éxitos y se deleitan con cada una de sus obras. Es muy común que el estudiante de arquitectura promedio acabe perdidamente obsesionado con alguno de los grandes arquitectos de la historia y use sus obras como base de inspiración para los proyectos que tiene que desarrollar en la escuela. La obsesión del joven estudiante aumenta con el paso de los años hasta el punto de que únicamente puede visualizar a su arquitecto favorito como un superhéroe: Super-Arquitecto o Super-Arquitecta, si es amplio de miras.

No obstante, este nuevo superhéroe es un poco diferente a los superhéroes tradicionales a los que estamos acostumbrados. El Super-Arquitecto no tiene capa ni superpoderes, sino un estricto uniforme negro de pies a cabeza y súper ideas que le permiten llevar a buen puerto todos sus proyectos. El pequeño protoarquitecto se imagina al Super-Arquitecto trabajando a destajo en su imponente estudio de arquitectura, acompañado únicamente de papel, lápiz e inspiración.

Por supuesto, el estudiante recrea en su mente el estudio de su Super-Arquitecto favorito porque es bien sabido que cualquier superhéroe que se precie tiene una guarida con un nombre extremadamente original (véase la mundialmente conocida “Batcueva” de Batman). El joven arquitecto imagina el estudio del Super-Arquitecto como una antigua nave industrial, un espacio amplio con techos a gran altura coronados por cerchas metálicas y una cubierta a dos aguas. En los laterales se alzan majestuosos ventanales de hierro, tras los que se ubica un divino patio exterior colmado de árboles y arbustos. Obviamente, el estudio al completo está bañado por una tenue luz natural que penetra por las ventanas de tal forma que ilumina, pero no encandila. Los revestimientos interiores y exteriores son insuperables, exquisitos, de la mejor calidad, y la armonía con la que se disponen a lo largo del espacio es, sin lugar a duda, perfecta. En el centro de la estancia, una mesa enorme con bocetos, dibujos, maquetas y planos de todos los proyectos que están en proceso de ser ejecutados. Tras la mesa, una silla diseñada por el propio Super-Arquitecto (la Super-Silla), donde descansa el superhéroe particular de nuestro joven arquitecto.

Pasan los años, y el estudiante sigue soñando con la guarida de su amado Super-Arquitecto (el Super-Estudio), y entre clase y clase se posa sobre su cabeza un pensamiento que le reconforta: “Algún día yo seré un Super-Arquitecto”. 

El pequeño e iluso arquitecto finalmente se gradúa y pone en marcha el infalible plan de convertirse en Super-Arquitecto. No obstante, en el primer instante en el que posa un pie sobre la vida real, se da cuenta de que la imagen que se había creado del Super-Arquitecto es una auténtica farsa. Los estudios de arquitectura aúnan múltiples profesionales: hay arquitectos, sí, pero también hay aparejadores, ingenieros, interioristas, fotógrafos, diseñadores gráficos etcétera y resulta que el dueño del estudio, el Super-Arquitecto, pide consejo y escucha las propuestas de todos sus empleados.

El ahora deprimido joven arquitecto recuerda la famosa frase de Nietzsche: “Dios ha muerto”, y no puede evitar pensar: “Si Nietzsche fuese compañero del gremio y estuviera entre nosotros, su famosa frase sería sustituida por la siguiente: ‘El Super-Arquitecto ha muerto’”. Sin embargo, esta afirmación no sería del todo correcta, puesto que el Super-Arquitecto nunca existió como tal. Los grandes arquitectos de la historia siempre estuvieron super-acompañados por super-profesionales que les ayudaban a cumplir sus misiones (como el mayordomo de Batman, Alfred, que siempre le sacaba las castañas del fuego al superhéroe). Desde el principio los Super-Arquitectos han estado arropados por un super-equipo de super-calculistas, super-ingenieros, super-delineantes y hasta super-becarios, sin los cuales ningún proyecto habría llegado a término.

Es por ello que es importante entender que los arquitectos de hoy día no somos superhéroes, pero tampoco lo fueron los grandes de antaño. Los arquitectos somos profesionales que necesitan de otros profesionales para dar el mejor servicio posible. De modo que, la próxima vez que veas la Casa de la Cascada o la Villa Savoye, recuerda que detrás de esos muros no hubo solo dos manos sino, muchos super-cerebros.

  • Texto: Ana Romero Cortés
  • Ilustraciones: Alejandro Zújar Chaves

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