La casa de mi abuela:
Un habitar inesperado

Junio 2026

En el post “La casa de mi abuela: Una mirada fortuita” visitamos por primera vez la casa de mi abuela ubicada en Trigueros, Huelva. Cruzamos la puerta de madera que da acceso a la vivienda, dejamos atrás las habitaciones que se pliegan sobre el zaguán y aterrizamos en el salón presidido por el patio y escoltado a izquierda y derecha por el baño y la cocina respectivamente.

Bien es cierto que el patio se posicionaba en lo más alto de la pirámide jerárquica de las estancias de la casa por gozar de un ambiente extremadamente singular. Estaba bañado por una luz tenue que se abría paso entre los límites que acotaban el patio y en su interior albergaba todas y cada una de las macetas que mi abuela cuidaba a diario, transformando aquel lugar en una cápsula vegetal llena de vida.

Sin embargo, en esa casa existía una estancia que no puedo dejar atrás: la cocina. A priori, la cocina de una vivienda se concibe como una habitación de uso itinerante cuyo único objetivo es cubrir una de las necesidades básicas del ser humano. ¿Por qué hay cocinas en las casas? Porque el ser humano necesita comer para vivir y es necesario cocinar los alimentos antes de ingerirlos, no obstante, aquella cocina tenía un valor mucho mayor. Con el paso de los años fue escalando la pirámide jerárquica de las estancias de la casa hasta coronarse como la estrella de la vivienda. Mi abuela Encarna destinaba gran parte de su día a cocinar, cocinaba para ella, cocinaba para mí, cocinaba para mi hermano, para mis padres, para mis primas y para mis tíos. Mientras ella mezclaba ingredientes, cortaba, cocía, hervía, freía, empanaba y amasaba yo me cobijaba tras la mesa que estructuraba la cocina. Una mesa de madera custodiada por seis sillas desgastadas por el paso de los años. Los olores de la cocina conquistaban toda la casa y llegaban hasta la calle. Se podían oler las croquetas, la carne con tomate, las albóndigas, los revoltillos, las chuletas de cordero, el cocido y la sopa, el chocolate fundido y las galletas rellenas.

Viernes por la tarde. Llegaba a casa de mi abuela. Cruzaba el zaguán y chocaba a bocajarro con aquellas fragancias, era entonces cuando confirmaba que estaba en casa de mi abuela, no había ninguna duda. Acto seguido me dirigía hacia la cocina y allí estaba ella, dialogando en su particular lenguaje del amor: el arte de la cocina. La casa de mi abuela no era hogar sin los aromas de sus platos. Sin esos olores, la casa no era más que otra vivienda cualquiera de un pueblo de Huelva. Los aromas que se generaban en la cocina eran la más pura y definida identidad de la casa de mi abuela y, sin duda alguna, una extensión de ella misma.

Sábado por lo mañana. Mi abuela Encarna preparaba el desayuno, podemos caer en el error de pensar que los desayunos son simples y banales, pero eso opinan los que jamás probaron los desayunos de mi abuela. Los preparaba siempre del mismo modo y sin complicaciones en lo que a la ejecución se refiere, pero con una compleja y extensa carga de amor y cariño que impregnaban cada bocado. Una cafetera antigua cargada de café molido, la leche hervida en un cazo, tostadas de pan de pueblo bien crujientes y mantequilla casera. Me despertaba con el olor del café y las tostadas, una auténtica delicia. Llegaba a la cocina y allí me esperaba mi abuela sentada en la mesa con el desayuno preparado, una taza roja de metal para ella y una taza blanca con el borde azul para mí. Una vez terminábamos de desayunar, mi abuela Encarna se remangaba, se colocaba el delantal y a cocinar. Yo esperaba sentada mientras me deleitaba con los olores que poco a poco empapaban mis sentidos. Habitábamos la cocina. Me enseñaba sus secretos culinarios, me contaba sus andaduras por esta sinuosa vida y entre vahos y conversaciones llegaba la hora de comer.

El salón, el magnífico patio y las habitaciones pasaban a estar en un segundo plano, la cocina era la protagonista, la que acogió entre sus muros mis mañanas y mis tardes con mi abuela Encarna. La cocina era nuestro lugar de encuentro, nuestra fortaleza, el lugar donde nos recreábamos entre los olores y sabores de sus maravillosos platos. La cocina era el corazón de la casa de mi abuela.

De modo que, la respuesta: “Porque el ser humano necesita comer para vivir” quizás no sea la más adecuada a la pregunta “¿Por qué hay cocinas en las casas?”. De la cocina de mi abuela aprendí que el carácter y la importancia de cada una de las estancias que componen los edificios no la otorgan los arquitectos sino los inquilinos que los habitan. Fue mi abuela la que hizo de la cocina su ciudadela y transformó un espacio íntegramente funcional en el corazón que hacía latir toda la casa. A día de hoy cada vez que visito la casa de mi abuela entro en la cocina y recuerdo todo lo que me enseñó aquella habitación.

  • Texto: Ana Romero Cortés
  • Ilustraciones: Alejandro Zújar Chaves
re.zeta arquitectos
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