Los cuadros de Juan
Agosto 2026
Juan Romero de la Rosa es un artista onubense que tengo el placer de conocer desde mi niñez. Juan es de estas personas que despiertan un interés inmediato en ti con solo articular una palabra. Tiene una mente despierta, un incansable instinto curioso y un alma de artista. Y tiene mano. Mano para transmitir y plasmar sobre un lienzo todas aquellas ideas que se depositan en su conciencia.
Personalmente me interesan los artistas que ofrecen una obra cuyo objetivo no es adaptarse a los gustos del observador sino invitar al espectador a ver a través de sus propios ojos. Así es la obra de Juan y supongo que ese es el motivo por el que me he enamorado de todos y cada uno de sus cuadros. Con cada obra, Juan te invita al salón de sus ideas y abre la ventana más íntima y personal que hay en esa habitación para que puedas alzar la mirada a través de ella y ver el mundo tal y como él lo reconoce.
Cada cuadro es una historia completa de un momento preciso donde supo ver lo que el resto no atisbamos si quiera a imaginar. Es capaz de ver el caos en la paz de un paisaje de humedales, el color rojo intenso en un bosque de pinos y el rayo de luz, blanco, potente y firme, que pone fin al atardecer de un martes de junio que todos pasamos por alto. Juan tiene la capacidad de saber mirar y entender que en los paisajes cotidianos hay matices apenas imperceptibles para el resto de mortales. Sin embargo, lo más fascinante de su obra es la claridad con la que sintetiza todos estos detalles en pinceladas estratégicamente ejecutadas para que todos los que admiramos su obra podamos apreciar el mundo desde su particular retina. Contemplar los cuadros de Juan no solo te educa el ojo sino que hace que reestructures la forma en la que percibes el entorno que te rodea.
He mantenido numerosas conversaciones con uno de sus cuadros. Hablo de un lienzo sobre el que se plasma un paisaje de humedales de Huelva. “Las marismas” no es un cuadro realista, en él no encontrarás aves definidas al milímetro ni especies vegetales que puedas identificar de un vistazo. De modo que debo admitir que la primera vez que vi este cuadro vi estética, armonía y proporción, pero no llegué a ver el paisaje. Solo vi el continente y no fui capaz de adentrarme en el contenido.
Me obsesioné con el cuadro. El hecho de no poder encontrar las marismas en el lienzo me robaba el sueño. Por más que analizaba los trazos, el paisaje de humedales parecía esconderse y huir. Sentí como las marismas se burlaban de mí. Tras meses de búsqueda incesante di por perdida la batalla. “Jamás encontrarás las marismas” me dije. Mis esfuerzos por analizar el cuadro cesaron y abandoné el cuadro.
Sin embargo, pasado un tiempo recordé una frase que una mujer infinitamente más lista que yo me dijo de niña “si das los mismos pasos, siempre llegarás al mismo destino”. Se me ocurrió una idea estúpida. Carecía de sentido y lógica pero quizás eso era lo que la hacía brillante. Decidí hacer el proceso a la inversa, en vez de buscar las marismas en el cuadro me propuse buscar la obra de Juan en las marismas.
Caminé hasta llegar al paisaje de humedales que envuelve la ciudad de Huelva, me detuve frente a él y esta vez tomé la determinación de conjugar el verbo “observar” en lugar del verbo “ver”. Al cabo de unos minutos aparecieron delante de mis narices todos los matices del cuadro. Las marismas comenzaron a dibujarse sobre el paisaje. Me perdí entre franjas horizontales de distinto grosor pintadas en tonos azules y verdes que se cruzaban, se encontraban, se unían, se fundían, se separaban y estallaban hasta configurar el paisaje de las marismas de Huelva. Ahí estaba el cuadro de Juan. Absolutamente todos sus trazos estaban allí.
Corrí hacia el cuadro, pero no sobre las huellas que me habían llevado hasta las marismas sino sobre unos pasos nuevos y justo cuando por fin lo tuve delante contemplé imponentes las marismas sobre el lienzo. Los trazos se ordenaron, los colores danzaron en perfecta armonía, la vegetación creció mientras el agua se mecía al son del viento, la luz del Sol bañó todo el paisaje y calentó mis mejillas. Escuché los graznidos de las aves en la lejanía, sentí la humedad del ambiente en mis manos y corrí a través de las marismas mientras las gotas de agua salpicaban mis zapatos. Escuché el tenue sonido que producían los juncos al chochar unos con otros, acaricié los arbustos que se levantaban sobre la orilla de las escorrentías y me deleité con la belleza de las jaras que poblaban las marismas. Pude oler todos los matices del paisaje y me sumergí sin prejuicios en las marismas.
Fue entonces cuando entendí que el problema no era el cuadro si no la educación de mis ojos que, hasta ese momento, sólo sabían mirar en una única dirección. De esta manera tan irracional me enseñaron los cuadros de Juan que la copia más exacta no siempre es el mejor reflejo de la realidad y que, en ocasiones, el alma de los espacios únicamente se puede representar de la mano de los trazos más abstractos.
- Texto: Ana Romero Cortés
- Ilustraciones: Alejandro Zújar Chaves